Capitulo III
Nicolás
¡Ay, Nicolás! ¿Cómo olvidar a mi primer y único amor? Sé que jamás podré hacerlo. Por más que quiera, por más que me duela mucho su recuerdo, por más que él ya no esté a mi lado. Es simplemente imposible de creer que él ya no estará a mi lado. Aún recuerdo la primera vez que hablamos de nuestros sentimientos, bueno no sé si hablar sería el verbo correcto.
Fue al otro día de la noche de chicas. Nos despertó la luz del sol que entraba por la ventana que daba hacia el este, por eso nos dio en las caras aquella hermosa y cálida luz naranja del alba. A su vez, Nicolás entró en la habitación gritando, para que nos despertáramos. A veces me resultaba tan odioso…
Como la casa de Helena es de dos plantas, tuvimos que bajar para desayunar en la cocina. Cuando estábamos allí, vergonzosamente descubrí que, Pamela había escuchado cuando yo confesaba que me gusta su hijo. Y ahora me sonreía muy amable, mientras nos servía el desayuno. Se acercó a mí y me dijo que no se lo diría a nadie, que confiara en ella.
¡Dios mío! ¿Qué no se acabaría nunca aquello?
Pamela nos preparó un rico desayuno solo para nosotras en la cocina. Ella, Nicolás y su esposo, el señor Guillermo, desayunaron en el comedor. Discretamente nos proporcionó un poco de privacidad, pero al poco tiempo apareció Nicolás muy sonriente, con sus mejillas rosadas, como si hubiese trotado y sus ojos verdes que brillaban, me miraban directamente. Traté de disimular mi vergüenza lo más que pude hasta que se marchó. Cuando lo vi asomarse por la puerta de vaivén, inmediatamente bajé la mirada y la clavé en la taza de café con leche que tenia en frente.
— ¿Vieron lo que yo vi?—preguntó Rocío, muy animada.
—Yo sí lo vi—decía Valentina—Aquí hay algo…
—Supongo que no han hablado con él ¿verdad?—pregunté yo.
—Yo no dije nada de nada, por el momento—me dijo Helena, por el modo en que yo la miraba.
¡Qué vergüenza! ¿Había estado escuchando al igual que Pamela? ¿Qué voy a hacer?
—Ustedes terminen aquí, tranquilas—anunció Helena—. Tranquila—me señaló—, que yo voy a hablar con él y saber qué es lo que sabe…
— ¿Te importa que te acompañe?—le preguntó Carla; Helena le dijo que no, y se fueron las dos.
A mi pensar, algo le pasaba a Carla, estaba actuando extraña, impropio de ella. No se encontraba así antes; no con nosotras. Si no estoy mal, ella se puso rara también cuando yo dije el nombre de Nicolás. ¿Será que a ella también le gustaba? ¿Qué se hace cuando dos amigas tienen sentimientos parecidos por el mismo chico? Nunca me había pasado esto antes. ¿Podría ser eso posible, que a Carla también le importaba Nicolás?
No resistí las ganas de averiguarlo y salí de la cocina. Rocío y Valentina solo me miraron y siguieron desayunando y hablando sobre un nuevo corte de cabello que quería hacerse Rocío.
Los encontré cerca del pasillo del dormitorio de Helena. Estaban hablando en voz baja. Carla tenía la cara roja como un tomate por la vergüenza. Me hice la tonta y seguí mi camino hacia el dormitorio de Helena. Cuando pasé solo les dije: — ¿Qué hacen?
Nicolás habló: — ¿Puedo hablar con ella ahora?
¿Hablar? ¿Con quién? ¿Conmigo? ¡NO!
—No. No. Hablaremos nosotras primero con ella—le contestó Helena, y entraron empujándome a su habitación, casi arrastrándome.
— ¡¿Pero qué les pasa?!—pregunté aturdida.
—Pasa que tenemos un problemita. Nicolás escuchó toda la charla de anoche. Y quiere saber si lo que dijiste es verdad…
— ¡NO! ¡Se suponía que él no tenia que escuchar o saber de aquello! Yo no debería haber hablado de aquello. ¡¿Por qué?! ¿Por qué lo hice?
—Bueno, ya es un poquito tarde para remordimientos. Ahora lo que él quiere es saber si es verdad—dijo Carla un tanto molesta. Me molestó su reacción; ella no es asi con la gente, ni menos con sus amigas.
— ¿Para eso quiere hablar conmigo?—esa era por supuesto, una pregunta obvia y tonta. Por supuesto que sí. Por supuesto que quería hablar conmigo sobre aquello.
— ¡SI!—contestaron; no más bien me gritaron.
—Pero no entiendo… ¿para qué?
— ¡Ay! ¡Porque también gusta de ti, tonta!—dijo Carla.
— ¡Qué emoción! ¡Vas a ser mi hermana, mi cuñada!
Saltaba y aplaudía Helena de felicidad. Carla seguía rara, no sé el motivo y jamás me lo contó. Yo estaba en shock. No entendía nada ¿Él también estaba enamorado de mi? Pero eso seria soñar muy alto…
La puerta se abrió y él entró, todavía tenia puesto su pijama; estaba tan adorablemente desarreglado, con todos sus cabellos despeinados y sus ojos verdes brillaban; tenía las mejillas ruborizadas como si recién terminara de hacer ejercicio. Estaba parado en el marco de la puerta, mirándome. Era la misma mirada que expresaba cariño, afecto ¿amor? No pude entender bien eso. No soy lectora de miradas.
Solo me quedé mirándolo como una tonta. ¿Cómo no me di cuenta antes de lo que sentía él por mi era lo mismo que yo por él? Ah ya sé porque, porque estaba cegada por el amor que trataba de ocultar y reprimir…
— ¿Es verdad? ¿Sí o no? Solo quiero un sí o un no— dijo y se puso serio de repente.
Solo pude asentir con la cabeza. No reaccionaba. Tampoco me esperaba que sucediera una cosa como esa. Ni que sucediera tan pronto. No tenia cabeza, o mejor dicho voz, para nada esa mañana. Él siguió esperando mi respuesta, al igual que las chicas. Tomé aire, tomé mucho aire luego dije:
—Sí, es verdad…
—Gracias—dijo y se quedó en silencio unos segundos que me parecieron eternos—. Nos vemos después—me sonrió y se fue cerrando la puerta.
Helena empezó a saltar de felicidad de nuevo…
Me cambié de ropa y bajé las escaleras enojada conmigo misma. No debería haber dicho nada de nada de aquello. Cómo lo lamentaba…
Las chicas me esperaban, porque íbamos a salir a caminar para hacer un poco de ejercicio. Solo un poco por los alrededores del barrio. Hacer algo bajo el día soleado tan bonito, propio de la primavera. Pero yo no tenia ganas, así que me disculpé con ellas, tomé mis cosas y me fui para mi casa. Quería estar sola, para poder pensar, quería también abrazar a mi almohada y reflexionar en lo que había hecho mal, cosa que seguía sin entender.
Llegué a mi habitación, pisando con un poco más que rudeza los escalones y cerré con fuerza la puerta. Estaba furiosa y no sabía el motivo. No dejaba de pensar en él, que no me había hecho nada más que una simple pregunta y a la cual yo había respondido. ¿Qué se suponía que debía hacer a partir de ahora? ¿Ignorarlo? Ya le había dicho que era verdad que me gustaba. No que quería unirme a él para toda la vida, aparte creo que es ilegal casarnos sin ser mayores de edad.
¡¿Pero en qué estaba pensando?! ¿En casarnos? Me estaba volviendo loca. No hacia ni doce horas cuando les dije a mis amigas que me sentía atraída por el hermano de una de ellas y ya estaba pensando en casarnos… ¡Pero soy ilusa de verdad!
Él no me había hecho más que una simple pregunta. Soy una tonta. Yo sabía que tenia que haberme quedado callada, que no debía haber abierto la boca para nada, ni que haya sido por una buena causa. Al final de cuentas Helena nos iba a contar lo que nos pasaba, al preguntarnos si podía quedarse o no en casa de algunas de nosotras. Ahora, ¿con qué cara voy a mirarle? ¿Va a mirarme siquiera después del “desastre” de esta mañana?
Después de un rato comencé a calmarme y sentí calor, o tal vez fue la furia que no se iba. Me levanté de la cama y abrí el ventanal para que entrara un poco de brisa, cuando encontré en el marco de éste, un pimpollo de rosa blanca y una notita. La única persona del barrio que tenía rosas blancas era Pamela. Tomé la nota que decía:
“A mi también me gustas. Y mucho. Guarda el secreto y la rosa. NICO.”
Mi corazón se volvió loco de repente y la más grande de mis sonrisas se expandió por toda mi cara. Me pregunté cómo había llegado él hasta mi ventanal, pero no me lo pude responder, tampoco me importaba, solo lo que tenía en mis manos. Mi dormitorio tiene dos ventanales, uno da hacia la calle y el otro apunta perpendicularmente al jardín de la casa de Helena. Él había dejado la rosa y la nota en el que apuntaba a su casa. No había forma de que pudiera llegar fácilmente a él, pero lo hizo. La pequeña rosa era tan linda y olía bastante bien.
Algo llamó mi atención en el jardín de al lado, en casa de Helena. Entre las ramas de uno de los arboles, lo vi… Me sonrió y me hizo una seña con un dedo sobre sus labios para que guardara el secreto, yo le asentí con la cabeza y así lo hice; jamás le conté esto a nadie… seria nuestro pequeño secreto, solo él y yo. Luego él se fue, desapareció del jardín pero quedó muy dentro de mi corazón.
Habían pasado al menos dos horas y yo seguía cerca del ventanal con la rosa y la nota en la mano. No mirando, porque él ya no estaba en el jardín, no sé donde estaba, supuse que ya no estaría allí parado entre las ramas del árbol de su casa, que algunas de sus ramas se extienden hacia la mía. Pero me asomé una vez más y pude ver a las chicas que se dirigían hacia la entrada de mi casa.
En ese momento me invadió la desesperación. No sabía donde ocultar la rosa, o la notita. No quería que supieran. Seguramente mi mamá ya les estaba dando permiso para que entraran a mi dormitorio. Tomé un libro, no me fijé cual, y metí la rosa con la notita dentro. Aplasté el libro y para que se notara lo menos posible que había algo dentro y lo coloqué de nuevo en su lugar. Corrí nuevamente hacia mi cama y me tiré de cabeza. Me tapé con una almohada y fingí que jamás me había movido de allí.
— ¡Adelante! —le grité a quien golpeó la puerta.
Ésta se abrió lentamente y las chicas entraron en fila. Me senté en la cama esperando a que alguna hablara.
— ¿Qué estás haciendo? —me preguntó Valentina, sentándose a un costado de mi cama.
—Estoy aquí sola… pensando—vigilaba que ninguna de las demás de acercara al estante de los libros o que por lo menos no se interesara por tomar aquel que tenia la rosa y la nota que podían comprometerme y más a él.
— ¿Por qué? Nosotras no te hicimos nada o ¿si? —me preguntó.
Yo estaba pendiente de Rocío que estaba merodeando cerca de mi escritorio.
—No… ustedes no me… no me hicieron nada… ¿por qué?
—Eso es lo que te estoy preguntando yo…—me tomó de la barbilla y me obligó a mantenerle la mirada—. ¿Por qué te fuiste?
—No me sentía bien hace un rato—puse la mejor de mis sonrisas—. Pero ahora estoy bien…
—Estás un poco rara—dijo Carla sentándose en otro lado de mi cama.
— ¿Sí? Pues no lo había notado.
—Sí—agregó Helena tomándome de una mano—. ¿Qué es lo que tienes, Victoria?
Ellas me rodearon y no pude ver a Rocío qué era lo que hacía en los estantes de mis libros.
—Me encuentro bien ahora—les aseguré—. Hace un rato no, pero ahora estoy muy bien. De verdad.
—Helena nos contó lo de Nicolás…—comenzó a hablar Valentina—. Y pensamos que quizá te desilusionaste…
— ¡¿Desilusionarme?! ¡¿YO?!
Me reí nerviosamente y luego me paré como excusa de poder ver mejor a Rocío.
—No te encierres en ti misma, Victoria—me decía Carla—. Estas cosas son así… Está bien sentirse un poco triste.
—No estoy triste…—me apoyé en mi escritorio, impidiendo que Rocío tomara el libro—. Todo lo contrario. Yo acepto que éstas cosas sean así. Pero de verdad, no estoy triste ni desilusionada, ni acomplejada, ni nada que se las ocurra.
Mi mamá me salvó, cuando entró a mi dormitorio, preguntando si las chicas se quedarían a almorzar. Yo le dije que sí, sin preguntarles a ellas qué era lo que querían hacer. Luego las empujé a cada una para que saliéramos de mi dormitorio, lo que más me importaba era que Rocío saliera. Había estado muy cerca de descubrir la rosa y la notita de Nicolás. No pude verla al menos por tres minutos. Y no sé si encontró el libro, pero si lo hubiera hecho, me hubiera comentado algo ¿no?
Las chicas se quedaron hasta la tarde de ese día sábado. Nos la pasamos en mi casa. Mi mamá nos contó varias historias suyas cuando tenía nuestra edad y de cómo se enamoraba constantemente de un chico o de otro. No pude dejar de sentirme identificada cuando dijo que se había casado con su mejor amigo de la infancia, mi papá. Yo ya me sabía la historia de memoria, pero me sorprendió lo mismo cuando les relató a mis amigas que ellos dos habían sido vecinos por un buen tiempo y que luego se separaron porque los padres de mi madre, o sea mis abuelos, decidieron mudarse. En realidad no había nada que me identificara con ella, pero lo sentí asi…
—Cuando yo no tenía más que diecisiete años, y salía a hacer las compras con mi madre y mi hermana. Cerca de casa no más, me lo encontré parado en una esquina—contaba mi mamá—. Estaba esperando un taxi o algo por el estilo. Lo reconocí al instante. Él me miró se sorprendió pero no dijo nada.
— ¿Y qué pasó después? —le preguntó Valentina.
—Comencé a encontrármelo por todos lados…—contaba ella con una sonrisa y lo ojos iluminados—. Le pedía a mi mamá que me dejara hacer los mandados sola. Discutía con ella, le decía que ya era grande y que sabía lo que debía comprar, cuanto y de qué calidad. Ella confiaba más en mí que en mi hermana gemela. Decía que yo tenía más juicio que ella…
— ¿Y tu mamá te dejó ir? —le preguntó ahora Rocío.
—Al principio no. No sola, siempre que iba me acompañaba mi hermana. Pero ella había sido siempre mi confidente y yo la suya. Así que yo le decía lo que debía hacer mientras yo charlaba con Víctor en un apartado.
— ¡Que lindo! —Comentó Helena—. Y ¿Cómo fue que se te declaró?
—Fue algo muy especial. Al principio no le creía porque cada vez que hablaba conmigo me decía cosas lindas, piropos. Pero una vez se puso realmente serio. ¡Estaba tan nervioso!—recordaba ella y se reía—. Fue bajo la lluvia, una noche de invierno, en el año 1975.
«Me dijo que quería compartir el resto de su vida conmigo. Que había caminado bastante bajo la lluvia solo para decirme eso y que no le importaba mojarse o enfermarse con tal de escuchar de mi boca que yo también quería lo mismo…
— ¡¿Y qué fue lo que le dijiste?! —le preguntaron todas.
—Le dijo que sí. Que no había caminado en vano. Que ella lo quería mucho. Y que esperaba que fuera siempre su amor.
Les contesté yo y todas me miraron sorprendidas.
— ¿Fue eso lo que le respondiste, Elizabeth? —le preguntó Carla.
— ¿Era eso no? —le volví a preguntar yo.
—Sí exactamente esas palabras, Victoria. Fueron esas—me sonrió—. Veo que no las has olvidado.
—Tú siempre me contabas la historia de pequeña—le dije.
Después de un buen rato en el que, mis amigas le preguntaron de todo a mi mamá, sobre su primer beso, su noviazgo, cómo fue que les contaron a sus padres que se iban a casar. En fin, ellas le preguntaron y ella no tenía problemas en contestarles. Mi mamá siempre había sido así. Muy abierta con las personas. Quizá yo salí más parecida a mi papá.
Poco después vinieron los padres de cada una, salvo en el caso de Rocío, que vino su empleada por ella, ya que sus padres se encontraban de viaje para variar. Con Helena las despedimos en la entrada de mi casa, después que una por una se despidiera de sus padres y por supuesto de los míos. Al poco tiempo, cuando nos quedamos solas, Helena me preguntó si yo quería que ella hablara con Nicolás.
— ¡NO! Por supuesto que no—le respondí intentando parecer ofendida—. No importa ya. Lo olvidemos ¿si? —le pedí.
—Pero es que yo quería que fueras mi cuñada, Victoria…
—Helena. Lo dejemos ahí, por el momento. ¿Por favor?
—Está bien—dijo ella haciendo un puchero.
Luego nos despedimos con un abrazo y me fui a mi casa. Me sentía de lo más feliz. No sé si alguien lo había notado, pero yo me sentía libre, como si todo fueran cosas buenas, y no hubiera nada malo en el mundo. Subí a mi dormitorio. Me recosté sobre la cama y me quedé pensando tontamente en él. Me imaginaba a Helena haciendo de mi tía Sophía y Nicolás de mi papá, diciéndome cosas lindas al oído, sin que nuestros padres sospecharan. Me quedé imaginándome las posibles escenas de nuestro primer beso y me dije a mi misma que estaba volando demasiado alto. Solo había dicho que gustaba de mi, no que estaba enamorado. Me levanté de la cama y tomé la rosa con la nota. Debía encontrarles un mejor lugar para guardarlas, si no quería que mi mamá las encontrara. Me quedé mirándolas y suspirando hasta que me llamaron para cenar.
Luego de la cena ayudé a mi mamá rápidamente con los platos y me fui a darme una ducha, para luego meterme a la cama. Luego de bañarme, me puse el pijama, y me dirigí hacia la ventana para cerrar un poco las cortinas. Primero cerré la que daba hacia la calle y entonces me entusiasme y pensé que podía haber alguna nueva nota o rosa en el segundo ventanal y así fue. Cuando corrí para cerrar las cortinas del otro ventanal, el que daba al jardín de su casa, me encontré con una nueva rosa, que estaba muy bien apoyada contra el marco de mi ventanal, pero no había notas. La rosa era más grande y más linda, en definitiva, que la anterior. Debía conseguirme un libro más grande para guardar ésta, si no quería que nadie la encontrara.
Me la llevé conmigo a la cama y la puse debajo de mi almohada. Respiré su hermoso aroma hasta que me dormí.
Inmediatamente me desperté en medio de mis sueños, en un hermoso rosedal, especialmente de rosas blancas. Pero no estaba vestida con mi habitual pijama, llevaba puesto un vestido color blanco con cintas en celeste, tampoco era habitual vestirse así. No era propio de la época en la que vivía. Era muy del siglo dieciocho. Hasta mi cabello era de esa época. Yo, por lo general tengo el pelo lacio sin ninguna ondulación a la vista, pero ahora no solo tenia bucles sino que estaba recogido en un diminuto rodete sujetado con listones que hacían juego con el vestido. Estaba sentada a la sombra de un gran árbol que estaba rodeado por miles y miles de rosas blancas, era el único árbol que había en varios metros y el día era muy caluroso y la ropa picaba. Pero no me iba a encontrar sola por mucho tiempo, cerca se podía ver a un muchacho que se acercaba a mí. Era él.
Era la primera vez que soñaba con él en toda mi vida. Él también estaba vestido de acorde a la época. Jamás en mi vida había tenido un sueño que se le parezca. Me sentí como la protagonista de muchas de las películas que se encargaron de caracterizar el romanticismo de Inglaterra hacia en siglo dieciocho. Creo que hasta esperé poder ver a Elizabeth Bennet y a Darcy por algún lado.
Él se acercó a mí, pero primero recogió una de las rosas que se habían caído por su mismo peso. Me miró y siguió caminando. Yo me sonrojé y al cabo de un minuto ya estaba parado delante de mí. Solo allí me percaté de su altura. Me faltaban al menos unos siete centímetros para llegarle a los hombros.
No me dijo nada. Solo me entregó la rosa blanca y yo con gusto y muy ruborizada se la recibí. Las rosas blancas se caracterizan por tener demasiadas espinas y su mantenimiento es muy difícil, cosa que no se notaba en aquel campo. Tomé la rosa con mucho cuidado tratando de no lastimarme con alguna espina. No me dijo nada cuando accidentalmente rocé su piel, solo me sonrió e inmediatamente me hice eco a su sonrisa; aunque no podía compararlas. La suya era una de las sonrisas más perfectas que había visto y no solo en el reino de Morfeo. Era tan amable, tan contagiosa, que se podía decir que hipnotizaba. Esa era la palabra. Me estaba hipnotizando con su sonrisa más y más. Como si eso ya no lo había hecho antes con la rosa. Como si pudiera estar mas hipnotizada de lo que ya me encontraba, solo con su presencia.
Casi como si sus dedos estuvieran hechos de los mismos, suaves y blancos pétalos de la rosa que sostenía con mis dedos de la mano derecha, me acarició la mejilla. No me imaginé que fuera así de suave. No se lo veía de esa forma. Luego se acercó un poco más a mí. Me miraba dulcemente, pero muy fijamente a los ojos. Se volvió a acercar otro poco hasta que estuvo a menos de cinco centímetros de mí. Sus dedos, bien ligeros y un poco temblorosos, se desplazaron hacia mi barbilla. Comenzó a inclinarse hacia a mí, más y más. Yo cerré los ojos y permanecí inmóvil. Y poco después sentí sus labios posarse sobre los míos.
Mis ojos se encontraban cerrados, pero los demás sentidos se desarrollaron casi tan frenéticamente como los latidos de mi corazón. No estoy exagerando cuando digo que pude escuchar el aleteo de un pájaro volando cerca de nosotros dos. El aroma de las rosas, me envolvió, como si nos encontráramos en el mismo centro de ellas y no a unos metros. Todavía podía sentir su cálido y suave tacto en mis mejillas, en ambas esta vez. El mejor de todos fue el sentido del gusto. Sus labios sabían a miel, recién elaborada por las mismas abejas y estaba mezclado con el de las rosas y muy fresco, como si tuvieran un toque de menta también. Todo un potpurrí, pero muy agradable.
Quería que el sueño no terminara. Quería quedarme todo el tiempo, toda una vida con él. A su lado, bajo aquel árbol que no sé a que especie pertenecía, junto al rosedal. En aquella hermosa época. Donde el amor prohibido es un sentimiento más que un capricho. Donde el enamoramiento era tan fácil que podía atraparse en el aire y el fracaso de un amor es muy doloroso. Quería quedarme allí, pero el tiempo no me perdonó. No cuando mi madre es tan madrugadora, por más que sea un día domingo. Ella se levanta antes que el sol, debo decir, y nos despierta a mi papá y a mí, por el simple hecho de que detesta desayunar sola.

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